Acabo de ler “Mapa de soledades” de Juan Gómez Bárcena, un ensaio sobre a soidade que, a pesar do seu potencial, non conseguiu engancharme tanto como outros libros que lin este mesmo ano, sobre cuestións ou conceptos concretos, como “El infinito en un junco” de Irene Vallejo, sobre os libros, ou “ La Se de Virginia Mendoza, sobre a sed. Ambas as escritoras, aínda que tratan temas moi específicos, teñen unha capacidade fascinante para desenvolver narrativas amplas e profundas. No entanto, o ensaio de Gómez Bárcena, a pesar da súa riqueza en datos, anécdotas e personaxes, déixame coa sensación de que non afondaba o suficiente na complexidade da soidade.
“Mapa de soledades” é un percorrido por diversas formas de soidade: a elixida, a forzada, a que acompaña á creación, a que desemboca na loucura, ou a que, mesmo en medio dunha multitude, pode sentirse profundamente solitaria. O autor aborda o seu tema desde diferentes perspectivas, explorando figuras históricas, literarias e contemporáneas, como Horacio Quiroga, Emily Dickinson, ou mesmo personaxes máis actuais como Lady Di ou a cantante Miley Cyrus. Non obstante, sinto que o enfoque xeral non conectou comigo da mesma maneira que os libros de Vallejo e Mendoza, e non logrei percibir ese análise tan profundo e reflexivo que agardaría dun ensaio deste tipo.
Con todo, houbo momentos do libro que si me gustaron, especialmente un parágrafo no que o autor reflexiona sobre a soidade no ámbito rural e urbano, e que comparto a continuación:
“…los residentes urbanos, sobre todo en las cambio, para un mendigo que no quiere ser molestado mientras se pica una dosis de heroína. Allí estaba, ese hombre, derrengado en algo que parecía un sofá, entre una procesión de bártulos y de cajas reblandecidas por la humedad que querían ser algo así como una sala de estar. Lo interrumpimos justo en el momento en que se inyectaba una dosis en el tobillo. De pronto, levantó los ojos de la aguja y nos miró a los ojos. Por un instante comprendí que estaba a punto de gritarnos; que tal vez incluso tendríamos que dar la vuelta y salir corriendo.
Pero el hombre solo meneó la cabeza con consternación.
Mi dispiace, dijo. Mi dispiace, repetía, mientras continuaba apretando el émbolo. Mi dispiace tanto. Él, el hombre cuyo salón tenía las dimensiones exactas del descansillo de una escalera, nos pedía perdón. ¿Y qué es lo que hice yo? Nada. Seguir bajando, los movimientos lentos y robotizados, aplastado por la vergüenza de no hacer nada, de no decir nada. Ni una palabra: solo seguí fingiendo que escuchaba lo que Galiano estaba diciendo en ese momento, sin duda algo elevado, exacto, hermoso. Galiano, que como tantas veces tenía los ojos clavados en el cielo y no parecía haber visto nada. Había sangre en el suelo. Lo comprendí en el mismo instante de pisarla: un chasquido que sonaba como una ventosa, como un beso, como un recordatorio de mi cobardía, y que siguió sonando en mi suela como un eco pegajoso mucho tiempo más tarde, cuando ya habíamos cruzado el Tíber y comido en una trattoria y subido hasta el Gianicolo: todavía entonces. Mi dispiace, debía haber dicho yo; mi dispiace, deberíamos decir todos los que nos cruzamos con él y con tantos otros, porque no son ellos los que llenan de fealdad nuestras ciudades; son nuestras ciudades las que vuelven feas y desdichadas sus vidas. La sensación de vergüenza duró mucho más que los restos de sangre en la suela. Todavía ahora me dura, años después de haber tirado esos zapatos. Y quizás por eso, por vergüenza, nunca le pregunté a Galiano si había visto lo que yo había visto: si en algún momento, entre Plotino y Milorad Pavié, había tenido tiempo de mirar al suelo. Tal vez estas líneas son eso: mi forma de preguntárselo”