La calle que baja hasta la playa se encontraba desierta a aquellas horas. La gente estaba cenando en sus casas o en los restaurantes que había frente al mar. Eran cerca de las once, era lo suficiente tarde como para que la noche se dejase sentir a través de su oscuridad, de su particular silencio, de la brisa que venia del mar, del color amarillo de las farolas,… pero no lo suficiente como para empezar a ver el peregrinar de los chicos, por esa misma calle, hacia los jardines que se sitúan justo detrás de la playa a celebrar su particular eucaristía a base de un barato botellón.

Seguí caminando y recorriendo los cerca de doscientos metros que me separaban de la playa pensando en la cantidad de cosas que uno puede ver, que uno puede oír, que uno puede sentir si nos parásemos un ratito en mirar, en escuchar, en dejarse tocar por todo lo que nos rodea. Mi intención no era otra que fotografiar una creciente luna que se situaba justo encima de la ría, justo encima del bellísimo resplandor que su luz proyectaba sobre las tranquilas aguas.

Cuando llegué, me adentre entre las sombras de unos árboles que hacían aun mas oscura la noche para comenzar a preparar la cámara y el trípode, buscando jugar con los tiempos de exposición y apertura para lograr una buena toma. Tire una docena de fotografías a esa luna y a ese mar, pero también a los edificios que se situaban a mi espalda, a los árboles,….Lo curioso es que según iba haciendo las fotos iba viendo el resultado en el visor de la cámara y pude observar que hasta en la mas negras de las oscuridades se pueden encontrar sombras y luces…Me quede pensando un buen rato sentado en aquel césped, debajo de aquellos árboles y mirando hacia el mar y hacia el bellísimo resplandor de la luna.

Pensaba en sombras y pensaba en luces,….




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