Debido a mi afán por dejar todo los cabos atados, todo los temas resueltos, todos los problemas solucionados,... (soy consciente del carácter estúpido y utópico de dichas intenciones) el tiempo se acorta y se estrecha haciendo que me sienta prisionero de mis propias exigencias. El caso es que las dos próximas semanas deambularé, posiblemente por el sur de la provincia de Granada, y no quiero ni me apetece dejar temas sin solucionar en la oficina. Esta falta de tiempo y este esfuerzo extra me supone un hastío una saturación que me hace repudiar en cierta medida todo lo que se parezca a un ordenador, ..... pero seguro que será transitorio, prueba de ellos son estas lineas. 


Ya falta poco para salir, para respirar el aire que yo quiero respirar y mirar hacia donde más me guste

sujeto en flickr


Revolviendo entre mis viejos y, lo reconozco, mimados y privilegiados vinilos me encontré con uno del gran Fast Domino. Un disco de grandes éxitos adquirido ya un lejano mes de noviembre de 1988. Empujado por una tragica actualidad, este disco volvió a sonar con un triste encanto rememorando canciones como Blueberry Hill, Jambalaya, Walking to New Orleáns,…Fue al escuchar esta ultima canción cuando se eboca una atmosfera y uno puede disfrutar de un agradable y musical paseo por las calles de la hoy maltrecha e inundada ciudad de Nueva Orleáns, y por su típico Barrio Francés. No se si valdrá para algo, pero el hecho de que haya encontrado en mi estantería, entre el Solwhand de Eric Clapton y el Concierto de Colonia de Keith Jarret (dos joyas musicales desde mi punto de vista), este disco demuestra, quizás, que ningún huracán ni ningún inepto presidente puede acabar con una ciudad tan particular como es Nueva Orleáns, una ciudad que es una amalgama de culturas con raíces africanas, francesas, españolas, cajún … y que han dejado al mundo unos sonidos y unas músicas con las que algunos disfrutamos y crecimos y aprendemos

Mientras espero que esa ciudad vuelva a ser al menos lo que era, es agradable escuchar su música, ... musica como por ejemplo la del "gordo" Fast 


It's time I'm walkin' to New Orleans
I'm walkin' to New Orleans
I'm going to need two pair of shoes
When I get through walkin' to you
When I get back to New Orleans


I've got my suitcase in my hand
Now, ain't that a shame
I'm leavin' here today
Yes, I'm goin' back home to stay
Yes, I'm walkin' to New Orleans


You used to be my honey
Till you spent all my money
No use for you to cry
I'll see you bye and bye
Cause I'm walkin' to New Orleans
I've got no time for talkin'
I've got to keep on walkin'


New Orleans is my home
That's the reason why I'm goin'
Yes, I'm walkin' to New Orleans


I'm walkin' to New Orleans
I'm walkin' to New Orleans
I'm walkin' to New Orleans

(Fast Domino, Walking to New Orleans)



                         


Son días tranquilos los que últimamente veo y me paro a comprar en el quiosco que hay frente a la puerta de mi casa. Días donde las mañanas y tardes me traen una liviana carga de trabajo muy acorde con la época del año en que estamos, meses de vacaciones y de cierres. Las tardes, casi siempre, acaban con paseos en bicicleta o en tranquilos paseos junto a ella, tambien son tardes de terraza, cervezas y charlas y a veces tardes de cine. Unos atardeceres donde la cena da paso a insulsas películas en la television cuya trama siempre contiene escenas donde hay alguna que otra cabezada en el sofá entre cojines y piernas entrelazadas .... 

Pero las noches y sus silencios llega siempre en el momento adecuado en que surge un abrazo antes de dormir junto con susurros ... susurros que fluyen de los labios y de las yemas de los dedos, susurros que van agarrado de las mano de silencios conocidos y sonrisas compartidas.



Se agarró a su madre mientras escuchaba atentamente lo que esta le decía. Llevaba en su mochila los libros, la merienda, los cromos y en sus manos la mascarilla, una mascarilla de color verde como el equipaje de su equipo de fútbol preferido. Su madre era una mujer con una persistente tos, bastante común entre la gente de su edad, entre la generación que vio cambiar de triste manera su ciudad, sus montes, su vida,... El ascensor se paró, dejando entrar al señor Paco, la persona mas anciana del edificio. Con un buenos días se dirigió a los ocupantes mientras miraba con sus vidriosos ojos las manos del crío que en ese momento jugaba con su mascarilla verde. Posando sus ásperas manos sobre la cabeza del chaval le pregunto si iba a clase, le preguntó por las notas y por sus amigos, le preguntó si era bueno y si obedecía a su madre,...todo ello mientras esta los miraba seria y con cierta indiferencia.

Mientras seguían bajando, y después de haber recibido como respuesta a todas sus preguntas y curiosidades un vergonzoso silencio, el viejo le pidió la mascarilla al chaval mirándola embobado. “Vaya, tiene el mismo color que las hojas del árbol que había detrás de mi casa” comentó.

El niño no entendía lo que decía, su madre, en cambio, levantó la vista mostrando una mirada comprensiva con las palabras de el viejo. Sabes -siguió hablando el anciano- hace ya muchos años, cuando tenia tu edad desde la ventana de mi casa me gustaba mirar el horizonte y podía ver montones árboles, podía ver su intenso color verde, como este de tu mascarilla, ese era un verde que guardaba un aroma que podías percibir mientras flotaba navegando en brazos de la triste brisa del este, el horizonte se mostraba presumido invitándote a mirarlo, en él podías ver como el sol nacía y moría, ... en aquellos tiempos la gente salía al campo a pasear, a comer en grupo, iban a las fiestas y las romerías, antes corría con mis amigos a buscar moras y cerezas por los caminos y jugábamos en las fincas,.... pero eso era antes cuando yo era como tú ....

El ascensor terminó su recorrido justo cuando el señor Paco el devolvía la mascarilla al niño. Dejando salir primeramente a la señora y a su hijo del ascensor agarro su bastón y comenzó su caminar hacia la puerta. Al alcanzar esta, salió y miró hacia la calle, vió como sus acompañantes caminaban agarrados de la mano por una calle gris cubierta por un denso humo, una calle llena de coches y de ruido, una sucia calle apenas calentada e iluminada por un maltratado sol.

Allí, puesto de pie recordó cuando era mucho más joven, rememoró aquello veranos, cuando el fuego lo devoraba todo, cuando ardían los árboles y los montes, incluso las casas, cuando la gasolina subía de precio y las ventas de coches no bajaban, cuando el agua escaseaba y la que había se encontraba sucia y estancada, cuando los peces morían en las riberas de los ríos al paso por los pueblos, cuando los veranos y los inviernos no se diferenciaban, cuando la gente ya no era capaz de comprender lo que tenía frente a sus ojos ni la voluntad de cambiarlo, recordaba otros tiempos y otra tierra...... y recordaba la mascara verde de su joven vecino y de si realmente se la merecía.





La calle que baja hasta la playa se encontraba desierta a aquellas horas. La gente estaba cenando en sus casas o en los restaurantes que había frente al mar. Eran cerca de las once, era lo suficiente tarde como para que la noche se dejase sentir a través de su oscuridad, de su particular silencio, de la brisa que venia del mar, del color amarillo de las farolas,… pero no lo suficiente como para empezar a ver el peregrinar de los chicos, por esa misma calle, hacia los jardines que se sitúan justo detrás de la playa a celebrar su particular eucaristía a base de un barato botellón.

Seguí caminando y recorriendo los cerca de doscientos metros que me separaban de la playa pensando en la cantidad de cosas que uno puede ver, que uno puede oír, que uno puede sentir si nos parásemos un ratito en mirar, en escuchar, en dejarse tocar por todo lo que nos rodea. Mi intención no era otra que fotografiar una creciente luna que se situaba justo encima de la ría, justo encima del bellísimo resplandor que su luz proyectaba sobre las tranquilas aguas.

Cuando llegué, me adentre entre las sombras de unos árboles que hacían aun mas oscura la noche para comenzar a preparar la cámara y el trípode, buscando jugar con los tiempos de exposición y apertura para lograr una buena toma. Tire una docena de fotografías a esa luna y a ese mar, pero también a los edificios que se situaban a mi espalda, a los árboles,….Lo curioso es que según iba haciendo las fotos iba viendo el resultado en el visor de la cámara y pude observar que hasta en la mas negras de las oscuridades se pueden encontrar sombras y luces…Me quede pensando un buen rato sentado en aquel césped, debajo de aquellos árboles y mirando hacia el mar y hacia el bellísimo resplandor de la luna.

Pensaba en sombras y pensaba en luces,….




Ha llovido y los días se han vuelto grises y nublados. Es una buena noticia pues nuestros montes, y nuestros corazones, arden y nuestros embalses, y nuestros labios, sufren la falta de un agua cada vez mas escasa, cada vez mas añorada. Los días de calor y sol ha dejado paso a unos días de sosiego, de morriña, de tranquila espera ...unos días más acorde con el alma gallega.

Mientras anochecía, hace unos días, estuve un buen rato entre las sombras y el olor añejo de un viejo portal por donde se entraba y salía de un burgués edificio venido a menos. Estuve ensimismado viendo como llovía. Me resultaba imposible salir y volver a casa por la gran cantidad de agua que justo caía en ese momento. Allí mirando hacia fuera, a través de una gran puerta de madera admiraba las gotas de agua golpeando la calle, corriendo por las hojas de los árboles, ...veía como algunos transeúntes se apresuraban intentando no mojarse mucho, saboreaba el resplandor de las farolas que proyectaban un especial fulgor, un especial encanto,...oía las gotas de agua caer y golpear los adoquines, sentía el silencio que las acompañaba y la quietud de la ciudad y de sus gentes,...

Me alegro de la llegada de ese agua, me alegro de este clima, me alegro que no haya cambiado aun lo suficiente para tener que prescindir de estos “tristes días de lluvia” hermana de esta tierra y de sus gentes



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