El País, 24 de octubre de 2010

Pentágono ha desplegado un equipo de 120 personas para frenar sus filtraciones. Suecia, el país al que acudió a refugiarse, le ha negado el permiso de residencia. El hombre que destapa los documentos silenciados, el enemigo de las verdades oficiales, volvió a asestar ayer un nuevo golpe. Se llama Julian Assange. Tiene 39 años. Nos concedió una cita secreta en Londres
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Julian Assange vive en un universo de secretos. Secretos eran los 400.000 documentos sobre la guerra de Irak que liberó ayer. Secretos son los 30 envíos que cada día recibe el portal que dirige, inagotable fuente de denuncia a escala planetaria. Secretas procuran ser sus comunicaciones, sus entradas y salidas. Su organización también vive envuelta en el más absoluto de los secretos.

Secreta por tanto tenía que ser la cita con el hombre que se ha convertido en serio enemigo del todopoderoso Pentágono. El hombre que fundó en diciembre de 2006 un sitio web también es la pesadilla de grandes bancos, multinacionales y gobiernos. Ciento veinte personas, pertenecientes al llamado gabinete de crisis Wikileaks, trabajan en los alrededores del Pentágono para contrarrestar los efectos de las filtraciones del combativo portal.

Pregunta. Leí un titular que ponía en su boca la frase: "Soy un periodista activista". ¿Lo es?

Respuesta. Yo soy un editor. Y como editor, también dirijo, y soy portavoz de mi, nuestra, publicación. He estado involucrado en periodismo desde que tenía 25 años, cuando cofirmé el libro Underground, y actualmente, dado el estado de impotencia del periodismo, me parecería ofensivo que me llamaran periodista.

P. ¿Por qué?

R. Por los abusos del periodismo.

P. ¿A qué abusos se refiere?

R. El mayor abuso es la guerra contada por los periodistas. Periodistas que participan en la creación de guerras a través de su falta de cuestionamiento, su falta de integridad y su cobarde peloteo a las fuentes gubernamentales.

Assange y los suyos publicaron ayer la que es considerada la mayor filtración de documentos secretos en la historia del Ejército de EEUU, los papeles de Irak. En abril liberaron los papeles de Afganistán, 77.000 documentos desclasificados que destapaban la muerte de cerca de 20.000 afganos. Denunciaron ejecuciones extrajudiciales en Kenia y se llevaron por ello un premio de Amnistía Internacional. También pusieron en jaque al mayor banco islandés, The New Kaupthing, destapando un documento oficial que evidenciaba la irresponsable gestión de sus administradores, que meses después sufrieron penas de cárcel. Y sacaron a la luz manuales secretos de la Iglesia de la cienciología.

Secretos. También está llena de secretos la investigación de la que está siendo objeto Assange. Dos chicas le denunciaron en una misma semana de finales de agosto por acoso sexual en Suecia. El lunes se conocía que el país escandinavo, al que había acudido a protegerse dado su régimen garantista para la prensa, le ha denegado el permiso de residencia. Assange nos dice que está pensando instalarse en algún sitio de Sudamérica.

Cita amarrada, hora concreta, lugar secreto. El lunes, en Londres, a las 12.00. Así de escueta es la información del mensaje que nos entra en el móvil y que anuncia que por fin podremos hablar con el hombre que ha estado y está en el ojo del huracán informativo.

El verano de Assange ha sido fino. Esta entrevista fue solicitada por primera vez el 19 de julio pasado. El propio Assange respondía tres días más tarde, el 22, emoticono incluido: "Sorry. no time for a few weeks" (lo siento, sin tiempo por unas cuantas semanas); emoticono de pena.

La noche previa al encuentro recibimos un mensaje con la dirección de un restaurante al norte de Londres. Allí nos recibe a las 12.00 en punto la persona que le lleva las relaciones con la prensa. Nos conduce a un callejón y nos sube a unas oficinas. Un retrato de Nelson Mandela preside esta sala con largas mesas rectangulares de trabajo y paredes en tonos verde claro.

Julian Assange no está. No ha llegado. Se le espera. Preguntamos si hay algún otro miembro de la organización con el que podamos hablar. Al poco, por la puerta entra un hombre alto y fornido, chaqueta y pantalón negros, jersey gris de cuello alto, ojos azules, pelo canoso. Es Kristinn Hrafnson, periodista islandés que trabajó durante 20 años en la televisión estatal y que se ha enrolado en el pelotón de Assange: "Tenía ganas de trabajar en historias que crean grandes olas en el mundo", explica. Hrafnson participó durante cinco meses en la elaboración de Collateral Murder -Asesinato colateral-, el vídeo que dio la vuelta al mundo y que generó 3.000 titulares de prensa en 48 horas. Fue visto por más de cuatro millones de internautas en las 72 horas posteriores a su publicación en YouTube.

Seguramente recuerden ustedes las escalofriantes imágenes. Dieron la vuelta al mundo a principios de abril. Un helicóptero Apache del Ejército de Estados Unidos sobrevuela un suburbio de Bagdad. Se ve a varias personas andando por la calle, una de ellas, fotógrafo de Reuters, lleva una cámara al hombro. Los militares piensan que es un arma de fuego. Desde el Apache se dispara a todos los que por allí pasan en ese momento. La secuencia es espeluznante. "Keep shooting -sigue disparando-". Ráfaga. "Keep shooting". Ráfaga. "Keep shooting".

Personas que caen fulminadas al suelo. Otras que huyen de los disparos. Dos hombres que intentan auxiliar al fotógrafo herido. El Apache dispara contra ellos. Y contra la furgoneta, en cuyo interior hay dos niños.

Balance: doce personas fulminadas. La frialdad de la guerra expuesta. Las risas del soldado que acaba de disparar. La grosera conversación entre los soldados. El insulto a los que yacen muertos. "Bastards". Y en el suelo, las víctimas del tiro al bulto, eso que en estos tiempos modernos se ha dado en llamar "daños colaterales".

Llega Assange. El pelo aplastado y pegado a la cabeza; el casco de la moto bajo el brazo. Entra en la sala y Hrafnson le comenta algo. Se disculpan y se retiran a una sala contigua, asuntos urgentes, asuntos secretos. "Disculpe, esto siempre es así", dice cariacontecido el solícito hombre de prensa.

Assange se sienta por fin frente a la grabadora. Es un hombre muy alto, fuerte, magnético. Su antaño pelo largo totalmente blanco, que este verano dio paso al pelo corto castaño claro, es ahora una mezcla de esas dos fases. A sus 39 años, desprende un carisma indiscutible. Dos personas que han trabajado con él y que no quieren identificarse le describen como un hombre extremadamente inteligente. ¿Más calificativos?: Valiente; trabajador; divertido. El último héroe del periodismo combativo elige sentarse en la mesa que le permite tener el retrato de Mandela detrás de él: "Es importante tener bien guardadas las espaldas", bromea.


P. Su actividad en Wikileaks le está granjeando una creciente colección de enemigos. ¿Cuál es en estos momentos su peor enemigo?

R. En términos de recursos dedicados a seguir nuestros pasos, el Ejército de Estados Unidos. Dicho lo cual, tenemos buenos amigos allí, hay gente buena. Y también mala. Hay un equipo, supuestamente, de 120 personas en el llamado Wikileaks warroom -equipo de crisis/de combate- dedicado 24 horas al día a ocuparse de nosotros. Están dirigidos por un señor nombrado por Gates -secretario de Defensa norteamericano-. Son, predominantemente, miembros de la agencia de inteligencia militar y del FBI.

P. ¿Qué otros enemigos tiene?

R. Bancos. La mayor parte de los ataques legales que hemos recibido son de bancos. También los ha habido procedentes de China poco después de liberar material crítico sobre determinadas actividades del Gobierno. También hemos recibido ataques de cultos, de sectas abusivas, como la Iglesia de la cienciología, los mormones...

P. Esos enemigos que tiene ¿hacen que tema usted por su vida?

R. Alguna gente, como Daniel Ellsberg -el hombre que desveló en 1971 los papeles del Pentágono sobre la guerra de Vietnam-, ha sostenido que mi vida está en peligro.

P. ¿Y usted qué cree?

R. Creo que hay un pequeño, pero no insignificante riesgo, sí. Lo que hay es un peligro significativo de procesamiento y de detención. Están intentando crear un caso de espionaje contra mí y otros miembros de la organización, y contra gente que ha tenido relación con nosotros en Estados Unidos.

El analista de inteligencia del Ejército de Estados Unidos Bradley Manning fue detenido por la filtración del vídeo de la matanza de Bagdad. "El FBI ha visitado a gente en Boston y otras ciudades americanas conectadas con Bradley Manning o nosotros", explica Assange. "Según mis fuentes, el fiscal general del Estado australiano aprobó permisos para interceptar las comunicaciones de nuestra gente en Australia. El Gobierno de Suecia ha sido presionado a nivel de inteligencia por Estados Unidos, según dicen mis fuentes en inteligencia. El Gobierno de Islandia también ha sido presionado por Estados Unidos, según mis fuentes en Islandia y en el Senado norteamericano; y al embajador de Islandia llegaron a preguntarle si ya se habían dado pasos para asegurarse de que Islandia no se convierta en un refugio para Julian Assange".

Assange habla de él en tercera persona. Es un hombre que mide las palabras como nadie. No dice nada sin habérselo pensado cuatro veces. Habla despacio, con continuas pausas que invitan al entrevistador a colar una pregunta que él nunca responde porque sigue con su largamente articulada respuesta. Assange, no habla: dicta. Le gusta tener el control.

El adalid del periodismo combativo continúa relatando la persecución de la que ha sido objeto la organización que, con pulso firme, dirige. Un miembro de Wikileaks sufrió una emboscada en un parking de Luxemburgo en 2008. Dos abogados defensores de los derechos humanos que trabajaron con Wikileaks en Kenia fueron asesinados en marzo de 2009.

Y desde el Pentágono no se andan con chiquitas. El pasado 3 de agosto, el portavoz de Defensa estadounidense, Geoff Morrell, comparecía brevemente ante los medios. Solicitaba a Wikileaks que devolviera los documentos filtrados. "Si hacer lo correcto no es suficiente para ellos, entonces miraremos qué alternativas tenemos para obligarles a hacer lo correcto", anunció Morell.

"Fue extremadamente desagradable", dice Assange, "una manera extremadamente extraña de pronunciarse. Hemos llegado a la conclusión de que esa rueda de prensa fue diseñada para preparar posteriores ataques legales".

Assange sabe cultivar los silencios. Habla mirando al horizonte, sus ojos se mueven de izquierda a derecha y de derecha a izquierda mientras busca la palabra precisa. Su voz grave, levemente quebrada, y su querencia por el susurro, más propio de la confidencia que de la entrevista, confiere aún mayor intensidad a sus palabras. Habla tan bajo que conduce al interlocutor a un compromiso de escucha insoslayable. O aguzas el oído, o no te enteras.

Cuenta que la organización ha recibido cien "ataques legales". Dos de cada cinco demandas/querellas acabaron en juicio. Asegura que salieron victoriosos en todos los casos. También destaca los ataques que le han dirigido los medios de comunicación. Se queja de que los medios replican las mentiras que otros deslizan y se retroalimentan ad infinítum manchando su biografía. "Ha habido 15 ataques contra nosotros completamente fabricados de arriba abajo", asevera, "vendidos como filtraciones de gente de dentro de la organización. Se ha llegado a decir que llevo una vida de lujo en Sudáfrica. Nunca he estado en Sudáfrica".

P. ¿Piensa usted que las acusaciones que contra usted pesan en Suecia por acoso sexual están conectadas con todo esto?

R. No lo sabemos. Prefiero hablar de esto en otro momento, no puedo hablar en mi nombre y en nombre de la organización al mismo tiempo.

Assange es un hombre acosado. Tiene que protegerse. El pasado 27 de septiembre su equipaje fue requisado cuando abandonaba Estocolmo. La hipótesis de que alguien esté intentando vigilar sus pasos o interferir en sus comunicaciones no resulta descabellada. Todas las comunicaciones que realiza por teléfono o mail están encriptadas, es un excelente criptógrafo, tiene un pasado de hacker. Los protocolos de seguridad que debe seguir son estrictos. En algunos lugares, confiesa, debe moverse con guardaespaldas.

Nunca se sabe dónde está, dónde dormirá esta noche, o en qué anda. Su vida nada en los secretos. Se mueve rápido y procura no dejar rastro.

La existencia un tanto nómada no es algo que le resulte ajeno. "Nuestra familia producía teatro profesional y televisión y como resultado, íbamos de gira por el país muy a menudo", recuerda. Assange nació en 1971 en Townsville, ciudad de la costa noroeste australiana. Cuando tenía ocho años, sus padres se separaron. La madre inició una relación con un músico con el que tuvo otro hijo. "Durante una parte de mi adolescencia tuve que lidiar con este hombre del que se sospechaba estaba conectado con el culto de Anne Hamilton-Byrne", cuenta. Una secta en la que algunos miembros convencían a las madres para que ofrecieran a sus hijos recién nacidos a la líder del movimiento. Niños que se convertían en hijos adoptivos de la suma sacerdotisa, que ordenaba teñirles a todos el pelo de rubio y a los que se suministraban todo tipo de drogas, incluidas ceremonias de iniciación al LSD cuando apenas eran adolescentes.

Llegó un momento en que no quedó otra salida que huir. Huir de las garras de aquel hombre. Assange, su hermanastro y su madre estuvieron tres meses cambiando constantemente de domicilio. Vivir a la fuga.

Secretos y fugas. Dos conceptos que gobiernan la vida de Julian Assange. Leaks significa fuga. Y también fuga de información, filtración.

Por aquellos años difíciles nació su fascinación por los ordenadores. Su pericia, sus dotes como programador, le convirtieron en un notable hacker. Su nombre de guerra: Mendax. Allí comenzó su lucha: la información está para ser compartida.

Como hacker, llegó a penetrar en los sistemas de la compañía telefónica canadiense Nortel, motivo por el cual llegó a ser encausado. El juez acabó sentenciando que detrás de su intentona se escondía el simple placer de ser capaz de penetrar en sistemas ajenos. Tuvo que pagar una pequeña multa. "Yo fui un activista", asume. "La investigación de la que fui objeto se acabó cuando yo tenía 20 años; aunque el proceso durara seis años más, hasta 1997. Ahora hay muchos intentos de llamarme hacker, basados en mis actividades como hacker de hace veinte años, para devaluar mi trabajo como periodista. Con ello se pretende además despojarme de las protecciones legales de cualquier periodista; van contra mí personalmente, y contra esta organización. No obstante, es cierto que he sido un activista de la información libre durante mucho tiempo. Esos intereses de adolescente, aunque relativamente poco sofisticados, reflejan la consistencia de mi carácter".

La información libre. Los secretos destapados. La transparencia. Toda la información secreta debe estar a disposición del ciudadano. Varios medios, entre ellos, The New Yorker, le han acusado de venerar la transparencia en todas partes menos en el seno de su organización.

El presupuesto actual de Wikileaks es de un millón de dólares anuales (en torno a 712.000 euros). Desde enero, cuentan con un sistema de donaciones anónimas de modo que no están influidos por los intereses de quienes donan, explica Assange. Durante los cuatro primeros años, el portal se nutrió de las aportaciones de Assange y algunos más. El número total de donantes actual es de 10.000 personas. Ninguna donación sobrepasa los 20.000 euros.

Assange asegura durante la entrevista que ya son 12 personas fijas y que pronto serán 20. El número de colaboradores asciende a 800. Seguidores en Twitter: 150.000.

El portal de Wikileaks se reabrió el viernes tras una larga temporada cerrado. En la página alegaban motivos de mantenimiento para justificar el cierre. Assange explica que se debió a la gran reorganización en la que están inmersos. Un periodista que ha trabajado estrechamente con él sostiene que el portal ha estado cerrado por la rebelión interna que ha sufrido la organización en los últimos meses. Manifiesta que los métodos autoritarios de Assange han disuadido a varios integrantes del equipo. Que algunos de los técnicos han llegado a boicotear internamente la Red para evitar que Assange lo controle todo. Hrafnson, el portavoz islandés, niega cualquier atisbo de rebelión interna.

Otro periodista de una cabecera internacional, que también prefiere ocultar su identidad, dice que, efectivamente, Assange es un tanto autoritario. Pero sostiene que en una organización como Wikileaks, sometida a tanta presión, es normal que haya debate y tensión. Y es lógico, por tanto, que haya un momento en que alguien tenga que tomar una decisión que no guste a todo el mundo. "Hay unos que son más partidarios de la acción que otros", describe.

P. Daniel Domscheit-Berg, su ex portavoz en Alemania, que ha abandonado la organización, dijo a Der Spiegel que usted actuó con él como fiscal, juez y verdugo. Sostiene que usted no tolera las críticas.

R. Daniel Domscheit-Berg fue suspendido de esta organización por un número de razones serias. Como muchas personas que son suspendidas, elige criticar las decisiones del que les emplea. Creemos que la confianza, la confidencia y actuar con integridad son componentes esenciales de nuestro trabajo. Por ese motivo decidí no criticar a Domscheit-Berg, a pesar de que sus declaraciones no nos han ayudado nada en estos momentos de dificultades.

Daniel Domscheit-Berg coge el teléfono en Berlín. Al oír lo que Assange ha dicho sobre su salida a este periódico, se revuelve, indignado. "En primer lugar, yo no soy su empleado. En esta organización no se paga a nadie. En mi caso, además, yo puse dinero en el proyecto", exclama, notablemente irritado.

El ex portavoz se declara estupefacto por su despido, que se produjo en septiembre. Asegura que al menos cinco personas han abandonado Wikileaks por estar en desacuerdo con los modos de Assange. "La gente no quiere que un dictador esté al frente de una organización tan poderosa, que maneje una información tan sensible. Julian se está comportando como un dictador y yo no trabajo para dictadores, yo lucho contra los dictadores".

El activista alemán, de 32 años, afirma que sus palabras no son fruto de una "vendetta personal". Y señala que Wikileaks ha ido perdiendo algunas de sus señas de identidad. "Yo no sé si el Pentágono estará o no en estos momentos detrás de Julian. Pero el hecho de que pueda estarlo demuestra que se ha cometido el mayor de los errores: Wikileaks nació como una organización en la que estaba involucrada mucha gente de modo que nunca pudieran ir a por una sola persona. La gente debería ser intercambiable, lo importante es el proyecto, es un movimiento. ¿Qué es Wikileaks ahora, una organización o el show de Julian Assange?".

El controvertido fundador de Wikileaks no deja indiferente a nadie. Fascina a unos, irrita a otros. Para unos es el último héroe del periodismo, un hombre que desafía la lógica de un mundo cínico en busca de la máxima transparencia. Para otros, un idealista naif que cree que todo se puede contar, cuando hay cosas que el sentido común indica es mejor no publicar. Por ejemplo, aquellas que pongan en peligro la vida de las personas. De eso le acusan desde varios frentes. De haber revelado la identidad de informantes afganos que ahora son blanco fácil para los talibanes.

P. Su decisión de publicar los nombres de informantes afganos al hacer públicos los papeles de Afganistán levantó polvareda. Bill Keller, director de The New York Times, dijo: "Su decisión de hacer públicos los datos tuvieron consecuencias potenciales que, creo, cualquiera, sea cual sea su visión de la guerra, encontraría lamentables". ¿Considera que cometió algún error, que puso en peligro alguna vida?

R. Al publicar 76.000 de 90.000 documentos clasificados, hay muchas cosas de las que hablar. Esos documentos revelaron la hora, fecha, lugar y circunstancias de la muerte de cerca de 20.000 personas. Y punto. En los dos meses desde que el material fue publicado, hasta donde se puede determinar hoy, ningún civil afgano ha sido dañado por la publicación de los papeles. Eso no quita para que estos sean temas muy serios e interesantes, y por ese motivo retiramos uno de cada cinco documentos. El hecho de que Bill Keller tenga necesidad de dedicar su tiempo a hablar de este tema, que no está asociado a la muerte de nadie, comparado con los temas que han llevado a la muerte de cerca de 20.000 personas, y la muerte de cientos en los últimos dos meses, es un reflejo de la dificultad que tiene The New York Times para criticar al Ejército en Estados Unidos.

P. Alan Rusbridger, director de The Guardian, nos decía hace unos días con ironía que los medios tradicionales han abandonado el periodismo de investigación porque es caro y no muy sexy. ¿Está de acuerdo?

R. Sí, lo han abandonado casi por completo, es cierto. El peaje que pagas es caro: te crea enemigos, genera gastos en prevenir ataques judiciales, y se producen ofensivas contra los intereses de los editores. Yo creo que los lectores sí demandan periodismo de investigación, pero el coste por palabra en relación con otras formas de periodismo es alto, especialmente, el periodismo subvencionado por intereses especiales.

P. ¿Pero cree que la mayor parte de los grandes medios de comunicación occidentales están subvencionados por intereses especiales?

R. Eso no es exactamente lo que yo quería decir. Ese también es un factor. Yo me refería a los miles de millones de dólares que el Ejército de EE UU gasta al año en su comunicación de asuntos oficiales para producir contenido tutelado como vídeos, fotos y notas de prensa que al final son historias gratis para que los periodistas les pongan la firma. Y similares contenidos tutelados producidos por empresas y Gobiernos. En ese sentido, los periódicos y las televisiones se convierten en seleccionadores de contenidos tutelados.

P. ¿Cree usted que esto va a cambiar? ¿Cree que la revolución digital e iniciativas como Wikileaks traerán periodismo independiente?

R. Podemos ir en las dos direcciones. Puede que lleguemos a un sistema en que haya una mayor fiscalización y acuerdos internacionales para suprimir la libertad de prensa o puede que vayamos a un nuevo estándar en que la gente espere y demande material que exponga más a los poderes; y un entorno comercial en que este tipo de exposición sea rentable; y un entorno legal en que esto esté protegido.

P. ¿Es usted optimista al respecto?

R. Estamos en el cruce de caminos entre esos dos futuros. Por eso es tan importante y tan interesante estar involucrado en esto. Con nuestras acciones de ahora determinamos el destino del entorno mediático internacional de los próximos años.

Assange se muestra como un entrevistado rebelde. Resulta muy difícil conseguir colar una pregunta en medio de sus pausados discursos. Eso sí, muchas de las cosas que dice son sustanciosas. Si no, véase su reflexión sobre lo que le ha supuesto su experiencia en Wikileaks:

"Cada persona tiene una trayectoria única en la vida, pero, en los últimos tres años y medio, yo he tenido una experiencia realmente única. He leído más documentos filtrados, posiblemente, que ninguna otra persona en la tierra. De muy distintos temas. Igual hay gente que ha leído muchos, pero tal vez no de tantas y tan distintas organizaciones a lo largo de mundo. He obtenido más filtraciones internas que ninguna otra persona y he dirigido una organización que ha recibido muchos ataques de organizaciones poderosas, de secretos y neuróticos cultos. Antes de estar metido en esto, creí que sabía bastante de cómo funciona el mundo, he hecho cosas significativas e importantes antes que esto. Pero nada me preparó para la realidad con la que me he encontrado. Mi perspectiva ha cambiado mucho".

P. ¿Y qué ha visto?

R. No sé si es posible comunicar lo que he aprendido. Hay dos cosas que me vienen a la mente. La primera, la muerte a escala mundial de la sociedad civil. Rápidos flujos financieros, por transferencias electrónicas de fondos que se mueven más rápido que la sanción política o moral, destrozando la sociedad civil a lo ancho del mundo. El poder económico permite a oportunistas en cualquier sociedad conectada al sistema financiero global extraer riqueza robada con un comportamiento inmoral para llevarla a destinos lejanos o a oscuros y opacos vehículos financieros difíciles de atrapar. En este sentido, la sociedad civil está muerta, ya no existe, y hay una amplia clase de gente que lo sabe y está aprovechando que saben que está muerta para acumular riqueza y poder.

P. ¿Cómo...?

R. Y la segunda cosa que he visto, que opera en combinación y en oposición a esta, es que hay un enorme y creciente Estado de seguridad oculto que se está extendiendo por el mundo, principalmente basado en Estados Unidos. Cualquier Estado, si quiere sobrevivir, tiene que inscribirse con uno de los tres proveedores de inteligencia y sistemas armados. Los proveedores son el Imperio occidental, Rusia, antiguo Imperio soviético, y China, que aún no es un imperio, pero empieza a moverse en esa dirección. El Estado de seguridad oculto que se está extendiendo por el Imperio occidental tiene su centro de gravedad en Estados Unidos, pero es una red de tutelaje que existe en todos los países occidentales y conecta a todos los países occidentales. En EE UU, a pesar del colapso financiero, su poder económico ha crecido: su porción de recursos económicos ha crecido entre 250% y 300% desde los noventa. Para dar un ejemplo concreto, y en este caso cito a Dana Priest -dos veces ganadora del Pulitzer-, de The Washington Post, hay 817.000 personas trabajando en labores de seguridad top secret.

P. ¿Y esas estructuras velan fundamentalmente por salvar al capitalismo?

R. Las grandes corporaciones han penetrado tanto ese Estado de seguridad opaco y el sistema político que se están llevando todo el valor añadido por los contribuyentes.

Assange afirma que en Estados Unidos hay ahora una tensión entre el sistema nacional de seguridad paralelo y lo que denomina anarcocapitalismo, es decir, las grandes empresas. Compara el Estado de seguridad paralelo norteamericano con el que construyó Putin para dominar a los oligarcas.

Para terminar, Assange, que no deja títere sin cabeza, reserva su traca final para los complacientes medios de comunicación. "Los medios de comunicación internacionales son un desastre. Estamos en una buena posición para verlo porque nos llega material política e históricamente significativo, lo liberamos, y vemos cuántos medios se hacen eco y con qué rigor. Podemos ver también los esfuerzos para suprimir la información que damos. Mi conclusión es que el entorno de los medios internacionales es tan malo y tan distorsionador que nos iría mejor si no hubiera ningún medio, ninguno".



Se acaba la entrevista. Assange se levanta y muta. Se convierte en otra persona. Se desprende de un plumazo de toda su intensidad y gravedad. Se vuelve ligero, encantador, sonríe. Rejuvenece. Lo último que dice, una vez apagada la grabadora. "No creas a nadie. No creas a nadie. No creas a nadie. Te estarán mintiendo.


Es una conversación difícil para Dirk Enke. Todo se entremezcla. Robert es su hijo, era su hijo; el padre quiere explicar algo, quiere justificar algo, pero también quiere entregarse a su dolor en privado.
Permanece en silencio durante un rato, en una postura un tanto encogida. No es momento para preguntas.
El martes de la semana pasada Robert Enke, de 32 años, portero del Hannover 96 y de la selección alemana, se quitó la vida. Vivía en una casa de campo en Eilvese con su mujer, Teresa, su hija adoptiva Leila y ocho perros.
Su suicidio causó consternación en Alemania. Todos se hacían una sola pregunta: ¿Por qué?
Dirk Enke también, como es natural. Pero él, además, tenía respuestas. Dirk Enke es psicoterapeuta. Al día siguiente Dirk Enke fue a Detmold a ver a su hermano Bernd, diplomado en psicología. Dirk Enke afirma: "Yo creo que esto no es una enfermedad surgida desde dentro, sino originada en sus circunstancias vitales. Hay muchas cosas que apuntan a esto. El miedo tuvo un papel muy importante". Esta es la opinión de Dirk Enke, su explicación de la muerte de su hijo.
Robert Enke no buscaba el protagonismo en el circo de la Bundesliga. No quería estar en el candelero, no buscaba las cámaras. No era como Oliver Kahn, como Tim Wiese, aunque dejó una huella profunda, como muestra el efecto que ha causado su muerte.
El suicidio de Enke se produjo en el punto culminante de su carrera, siete meses antes del Mundial de 2010, en un momento en el que los futbolistas se sienten invulnerables, o lo parecen. Hace unas semanas el seleccionador nacional, Joachim Löw, declaró que Enke era su favorito para el partido de la selección en Suráfrica. Después se dijo que Enke estaba enfermo, que tenía una infección, que no podría participar ni si quiera en el decisivo encuentro de clasificación contra Rusia.
En el salón de su casa de Detmold, su padre afirma: "Lo que a mí me importa es entender por qué llegó a levantar semejante muro. Por qué ese aislamiento. Robert se esforzó muchísimo por hacer creer a los demás que todo iba bien. Muchas veces me ofrecí: venga, vamos a hablar como padre e hijo. No quería hablar con él como especialista. Quizá pensara: el viejo sabe de qué va esto y a lo mejor averigua de qué tengo miedo. Robert sí que intuía que algo no iba bien en su vida".
¿Pero no podía cambiarlo? ¿No podía reconducir su vida, le faltaba valor?
"Él pensaba: 'tomar decisiones completamente distintas o actuar de otra forma me da un miedo espantoso; no sé cómo se hace ni sé lo que quiero".
Durante todos estos años, la mujer de Enke y su mejor amigo, el agente deportivo Jörg Neblung, además de sus padres, y naturalmente su médico, el psiquiatra de Colonia Valentin Markser, supieron de las depresiones de Robert. Conocían su miedo a perder su puesto en la selección nacional, al tener que renunciar al importante partido de Rusia; pero había mejorado. Robert Enke había vuelto a jugar de forma impecable y estaba en forma. Su mujer, Teresa, pensaba que lo peor había pasado.
Enke volvió a estar bajo el larguero en el partido contra el Hamburgo. Que el domingo de la semana anterior alguien sumido en la depresión parara los balones... inconcebible.
Era el suicidio del que se reponía de todos los golpes, de alguien invulnerable, del que repelía todos los peligros del juego, del que al defender la portería protegía a su equipo y, metafóricamente, a su país.
El portero de la selección es el súmmum de la fortaleza deportiva. Tiene que tener los nervios de acero. Seguridad en sí mismo. No hay un trabajo más duro en el fútbol, y Enke estaba a la altura.
El fútbol alemán siempre coloca a sus grandes entre los palos. Interpretan su papel conscientes de su importancia y con pasión. Oliver Kahn hizo de la actuación del portero una experiencia al límite. Sepp Maier era el clown oscuro, Jens Lehmann el excéntrico. Todos ellos elevaron el oficio de atrapar y despejar balones a una travesía por las cumbres de la existencia humana.
Robert Enke tenía un talento excepcional. Con nueve años de edad, el entrenador le dijo a su padre: "Entrará en la selección nacional". Sin esfuerzo aparente pasó por todas las selecciones nacionales de la liga alemana. En los días posteriores a su suicidio se ha afirmado que las crisis empezaron hace seis años, pero su padre sabe mejor de lo que habla. Dirk Enke relata: "Siempre pasaba a clases de edad superior a la suya, siempre se le sacaba antes de tiempo de su equipo y se le hacía pasar a una clase superior en la que era el más joven. Por entonces empezaron las crisis. Porque tenía miedo de no poder estar a la altura de los mayores. No se creía capaz. Estaba atrapado en sus propias ambiciones".
Y entonces aparece la frase que tenía que aparecer: "No podía disfrutar de nada". Cuando Robert tenía 15 años se separaron sus padres. Con 18 años debutó en el Carl Zeiss Jena, equipo de la segunda división alemana. Cuando fue traspasado al Borussia Mönchengladbach se convirtió en el portero más joven de la Bundesliga.
Con 24 años empezó a ser el capitán y favorito de los aficionados del club más popular de Portugal, el Benfica de Lisboa. Cuando en 2002 fichó por el Barcelona, parecía que Enke había llegado a lo más alto. En realidad, ya desde su época de Portugal le atormentaban los ataques de ansiedad. En Barcelona, en un encuentro de la Copa del Rey contra un segunda B, Enke encajó tres goles y su compañero de equipo Frank de Boer le criticó en público. Supo por los periódicos que el técnico, Louis van Gaal, le había descartado. Era una traición, la humillación suprema. Le mandaron a entrenarse con los suplentes, lejos de sus camaradas. Más tarde dijo que esos días habían sido los peores.
Su padre le había visitado varias veces en Lisboa "por su estado de ansiedad", relata Dirk Ende, quien tiene la sensación de que "viene de entonces lo que ha terminado desembocando en esta tragedia". "Allí se encerró en un mundo interior en el que regía un único principio: 'no puedo fallar'. Pensó: 'si no soy el mejor, soy la última mierda'".
Uno de los clubes punteros de Turquía, el Fenerbahçe de Estambul, fichó a Enke. Ya el primer encuentro de la temporada acabó en catástrofe. En el derby local contra el menor de los cuatro equipos de primera que había entonces en la capital, el partido finalizó con un 0 a 3. Para los 50.000 hinchas del estadio, el culpable estaba en la portería. A Enke le cubrieron de insultos y mecheros.
Esa misma noche decidió marcharse, a pesar de que sabía bien que la normativa le impediría jugar en otro club al menos durante medio año. La vida, tal como entonces parecía presentársele, se le escapaba.
Hace tres años, Enke se hizo con la portería del Hannover 96. Las cosas le iban mejor, la gente le cubría de elogios y en una entrevista hablaba con franqueza inusual de su padre y de su vida futbolística.
Se le veía tan poco a la defensiva, contando de forma tan franca y reflexiva, aguda y autoirónica cómo había superado sus heridas, que nadie que hablara con él podía tener la sensación de que esa no era toda la verdad. Sobre todo, se refería con sinceridad a sus errores: a su impaciencia y a la excesiva rapidez con la que había cambiado de equipo. Le habían "llovido tales críticas" en Barcelona que "había perdido la cabeza". Pero Enke volvió a coger el paso, regresó a Alemania y destacó en el Hannover 96 y, más tarde, también en la selección nacional.
Hoy, afirmaba Enke entonces, como hombre maduro, era más fiel y constante en el apego a lo que le hacía bien. Le resultaba más fácil dejar atrás los errores y seguir jugando y viviendo, sin más. Y en su discurso se perfilaba la imagen de un hombre que, al cabo de todos sus viajes, finalmente se había encontrado a sí mismo.
"Ahora estoy relajado de verdad", nos contaba, sonriendo.
Robert Enke, un hombre como un castillo, enormemente popular, brilla en la portería, como siempre. Y dos días después se deja arrollar por un tren. Y en todo el país la gente entiende de repente qué devastación puede producir la enfermedad de la depresión en el alma de un hombre. Se quedan anonadados por su violencia. Se pregunta qué poderosas sombras tiene que arrojar sobre una persona cuando golpea. ¿Cómo puede ser que ni siquiera alguien como Enke pueda defenderse de ella?
Dirk Enke afirma: "Naturalmente, también me cuestiono la educación que le di, nuestra familia. Sé que jamás hemos presionado a Robert. Jamás. Pero al estar rodeado de reconocimiento y elogios, no tenía que ocuparse de nada. Se dejaba llevar. Eso siguió siendo así siempre". "En fases críticas", afirma, "Robert tenía miedo a los balones contra su portería. Sufría ataques de ansiedad, no quería ir a entrenarse, no quería estar en la portería. Estaba tan desesperado que en una ocasión me preguntó: 'dime, papá, ¿te parecería mal que dejara el fútbol?' Yo le dije: 'Robert, por Dios, eso no es lo más importante'".
Como es natural, ahora se plantean también otras preguntas. Por ejemplo, si un magnífico juego, que al mismo tiempo se ha convertido en un negocio tan gigantesco no destruye a sus protagonistas. ¿No será que el fútbol profesional sencillamente no es un buen biotopo para una persona depresiva? ¿Es que el deporte rey se traga a sus talentos y escupe a los que no funcionan convertidos en ruinas psíquicas y suicidas? ¿O apuntan las tragedias de los deportistas a otra dimensión: a una sociedad que ha convertido los logros en un fetiche, enfermando y hundiendo en la depresión a sus élites?
¿Pero por qué una persona enferma y otra no? ¿Una infancia difícil? ¿Traumas anteriores? En el caso de Enke no faltaban motivos externos. Durante un encuentro en Mallorca, Enke nos contaba cómo su forma de entender el fútbol había cambiado por el drama privado de su vida. La enfermedad y muerte de su hija lo habían relativizado todo. Acabada ya la entrevista y con la grabadora apagada, Enke nos describió su calvario. La angustia diaria. La clínica diaria. Las llamadas de noche avisando de que las cosas volvían a empeorar, para saber por la mañana que había sido una falsa alarma. Lara había nacido con una grave enfermedad cardíaca. Fue operada después de su nacimiento.
"¿Cómo se aguanta eso?", se preguntaba Enke, que inmediatamente precisó: "No nosotros. Cómo lo aguantaba Lara, esa es la pregunta". Lara murió al cabo de dos años y tres operaciones de corazón, tras una intervención en el oído que, en apariencia, carecía de riesgos. ¿Era esto ya demasiado?
Pero hasta esta historia, que en realidad no admite ninguna vuelta de tuerca, tiene un abismo adicional. Dirk Enke, el padre, lo relata con tranquilidad: "Teresa y Robert sabían desde antes del nacimiento que Lara estaría enferma. Pero decidieron tenerla: 'Si queremos de verdad a la pequeña, todo le irá bien'. Se turnaron en el hospital para dormir junto a Lara. Pero después de la operación, Robert llegó a la clínica después de un partido y se quedó a dormir mañana siguiente le despertó el alboroto de las enfermeras que intentaban reanimar a la niña. Él dormía a su lado. Lo primero que le pasó por la cabeza fue: 'no me he enterado. La culpa es mía'".
Médicos y enfermeras aseguraron a Robert que no habría podido hacer nada, afirma el padre, "pero él volvió a experimentar un fracaso. Necesitó mucho tiempo para superarlo".
Dirk Enke regresa en sus reflexiones a la hipocresía, a la brillante superficie del fútbol profesional, a esos hombres que tienen que refrenarse, no mostrar jamás debilidad. "El tema de la depresión es un tabú en el fútbol. Sería normal decir: 'Robert tiene una enfermedad psicológica'. Pero eso no está bien visto en el masculino mundo del fútbol", dice Enke padre. Y añade: "Hace dos semanas le dije que me parecería bien que se sometiera a un tratamiento hospitalario. Quizá todo habría sido de otro modo. Pero él no quería. Y por eso nadie podía forzar su ingreso. Si alguien dice en conciencia 'estoy bien', nadie puede ingresarle. Estuvo muy cerca de dar el paso a veces, pero luego rectificaba: 'si me tratan en la clínica, adiós al fútbol. Y es lo único que sé hacer".
Creía que el estigma de la depresión le quitaría todo, quizá incluso la hija que Teresa y él habían adoptado en mayo. Ese miedo era exagerado; en todo caso lo era en ese momento, después de seis meses de convivencia de Robert, Teresa y Leila. Si un niño vive un período prolongado en su nueva familia, ésta no pierde su custodia sin más, ni aunque los padres hayan ocultado una enfermedad psíquica durante la adopción.
Sin embargo, Robert Enke creía que la estancia en una clínica lo echaría todo por tierra. Nadie puede decir si le habría servido. Quizá ni siquiera él mismo supiera desde hacía tiempo lo cerca que estaba del abismo. Se dice que lo único que mantiene en vida a los suicidas en ciernes son las relaciones sociales. Pero para ello es necesario hablar del peligro. Su médico, Markser, afirma que, con el tiempo, su paciente había aprendido a ocultar pensamientos de forma tan perfecta que ni siquiera podían llegar a él los cercanos. Sus colegas y amigos no sospechaban nada. Al parecer, siempre negó de forma creíble tener pensamientos suicidas.
Así lo ve Teresa Enke: "Naturalmente, lo difícil era también que nada de esto saliera a la luz. Ese era su deseo expreso, por miedo a perder su deporte, nuestra vida privada, todo. Visto retrospectivamente, está claro que era un disparate".
La mayoría de los depresivos conviven durante mucho tiempo con ideas suicidas. Al final, el último paso sólo requiere un impulso: ¡Ahora! Si se pregunta a suicidas fallidos, la mayoría dirá que tres horas antes no pensaban que fueran a hacerlo ese día. Arrojarse a las vías del tren, dicen algunos psicólogos, es atípico en un caso de suicidio planeado. Quien planea racionalmente piensa también qué supondrá para los demás -para eupondrá para los demás -para el conductor, para su mujer- ser atropellado por un tren.
"¿Señor Enke, cree usted que lo tenía planeado desde hace mucho tiempo?"
"Lo de mucho tiempo es relativo. Hablemos de días o de semanas, tengo la sensación de que sí. Le dije muchas veces: 'Venga, me acerco y charlamos'. Y él me replicaba: 'No, padre, déjalo, no debes venir".
Finalmente, una semana y media antes del suicidio, el padre llamó a casa de Robert y Teresa y les preguntó: "¿Puedo ir a veros ahora?" Teresa fue a esperarle a la estación, Robert llegó a las ocho y media del entrenamiento y, en expresión de su padre, "estaba cerrado". Inabordable. Taciturno. Ofendido. Estaba disgustado por la tarde que había tenido, afirmó, y se acostó a las nueve y media.
A medio día de ese martes 10, Enke se despidió de su mujer. Dijo que se marchaba al entrenamiento. Pero ese día el Hannover 96 no entrenaba. Sólo quería mantener las apariencias. Cuando Jörg Neblung, su agente, se dio cuenta del engaño, alertó inmediatamente a la policía.
En su carta de despedida, Robert Enke se disculpa por ocultar su auténtico estado de ánimo para poder preparar su suicidio.
Enke era fuerte. Pero no lo bastante fuerte como para admitir sus debilidades.
"Robert llevó una doble vida", afirma su padre; "ya no aguantaba más en una vida que no quería en absoluto, aunque no sabía lo que quería. Tuvo que pasarlo tan mal que tomó la decisión más fácil: salir de la vida".
La conversación con el padre ha durado dos horas. Durante todo este tiempo ha tenido las manos entrelazadas en el regazo; ha pedido que las preguntas se las hiciéramos en voz alta porque está sordo del oído derecho. Dirk Enke ha pedido el número de teléfono de Joachim Löw porque quiere liberar al seleccionador de posibles sentimientos de culpa. Ha habido minutos en los que hablaba de forma inteligente y clara, ha habido minutos en los que buscaba las ideas y callaba, porque siempre se entremezclaba todo: es padre y terapeuta, es especialista y está de duelo porque el hijo, marido, padre y portero de la selección se echó delante de un tren.

Este texto es un extracto del reportaje elaborado por Christoph Biermann, Rafaela von Bredow, Klaus Brinkbäumer, Cathrin Gilbert, Maik Grossekathöfer, Detlef Hacke, Beate Lakotta, Cordula Meyer, Gerhard Pfeil, Frank Thadeusz y Markus Verbeet. Traducción de Jesús Albores. © Der Spiegel


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