Comenzó con un pequeño ruido. A mi que ponen algo nervioso y en alerta los sonidos y los ruiditos desconocidos y sobre todo cuando afectan a mi coche, puesto que me da la sensación de que al circular me van a comenzar a saltar piezas, a dejar rastros por las carreteras por las que me pierdo o me encuentro según se tercie.

Después de esta “sutil y rápida” detección del fallo entré en boxes como si fuese “fernandoalonso” con animo de seguir en la cabeza de la carrera. El caso es que mis mecánicos no trabajan siguiendo la estela de los segundos, sino todo lo contrario. Me informaron que tendría que esperar, que dejase un móvil donde localizarme (exigencia con la que estaba totalmente de acuerdo , pues no quería que metiesen mano en las entrañas de mi inocente utilitario sin conocer un diagnostico previo), después que no tenían las piezas y que tendrían que pedirlas y, claro , después montarlas,....

Después de las anteriores previas y después de abusar de la confianza de improvisados taxistas para ir de un sitio a otro, me llamaron dos días después para anunciarme que todo el proceso había rematado felizmente y que pasase cuando quisiera. Eso si, antes de las siete de la tarde, que después nadie habría para entregármelo.

Me presente en el taller y me recibió un “correcto encargado” que me entrego el coche y la factura para la liquidase en la caja que estaba al fondo. Lo difícil fue llegar a entender tanto esta como las explicaciones del “señor técnico": cambio de poleas del cigüeñal, cambio de polea del alternador, sujeciones del bloque del motor, resorte “de no se que”, manguitos “de no se cuanto”, ... todo ello acompañado de la mano de obra necesaria para dar la vuelta a mi cacharro por lo menos un par de veces. Aunque pregunte poniendo cara de entender, no pase de eso, no pase de “poner caras”

El caso es que estando escuchando las explicaciones, me pareció ver de reojo a una persona con funda. Supongo que seria uno de los muchos mecánicos que por allí deambulaban, lo curioso es que me pareció ver que llevaba un parche en un ojo y al caminar resonaba un claro “toc, toc, toc....”.


En uno de mis paseos, hace un par de días, se me dio por adentrarme en un cementerio con la intención de tirar unas cuantas fotos. Confieso mi afición a retratar iglesias y tumbas, capillas, figurines de santos, cruces y campanarios,…. Supongo que será el poso de una educación religiosa adornada con este tipo de iconografía, por su liturgia. El día recuerdo que era nublado y gris, y la iglesia y su camposanto se encontraban inmersos en una quietud solamente rota por los lejanos ladridos de algún chucho.

Estuve unos minutos paseando por el recinto, la tranquilidad y la sensación de soledad que allí había era absoluta si no fuese por la presencia y el leve cuchicheo de dos mujeres que se afanaban en mantener limpio su nicho (joder, dicho así suena un poco rarito). En uno de ellos, cerrado con unos cuantos ladrillos mal puestos, había una cruz con la indicación de “vacío”. Esa imagen me resulto curiosa, intrigante,…¿en que pensaría el que hizo o el que mandó poner aquella inscripción, aquella cruz, en aquel sitio?. Puede que desee avisar a sus allegados que todavía esta vivo por si no estuviesen enterados, o que en aquel momento todavía no había allí dentro nada interesante, nada mas que la nada , o que lo que allí se entierra es un vacío deseado, un vacío que no le posee todavía, o que ese es el lugar donde el vacío no es conocido y que nunca,seguro, será peor que otros que si conoce o que allí existe la posibilidad, por esa misma vacuidad, de poder poder almacenar “cosas”, recuerdos, lloros, sonrisas, amigos, momentos, sueños,..

¿Será el vacío lo que allí se entierra?, y ese vacío…. ¿solo se guarda en esos nichos?


Esta semana he subido y he bajado unas cuantas veces a distintos pisos del edificio. Por pura pereza, puesto que mejor me vendría subir la escaleras, he optado siempre por el ascensor. Este cacharro me ha llevado de un piso a otro con comodidad, con rapidez, pero también ha permitido que mis idas y venidas fuesen siempre con la compañía de algunos de mis vecinos. De entre todos los que conviven en mi comunidad, creo que esta semana me topado con la “crème de la crème”.

El lunes, un mal día sin duda, primero por ser la razón de uno de los tópicos más extendidos entre “nosotros la clase trabajadora” y después por ser el principio y como todo principio exige un plus de esfuerzo, de voluntad. Este día me tope con gente con la misma cara y los mismos ánimos que los que yo presentaba. Por el contrario, y sin animo de considerarme mejor que nadie, yo suelo guardarme los “doloresdehuevos” para mi, no suelo mostrarlos como si fuese la portada de una revista de moda que todo el mundo mira embobado. Resulta que ese día subí y baje varias veces con individuos y seres “sopladores” y exponedores de las mas variadas y múltiples desgracias y complicaciones que las horas y los días cargan sobre sus dobladas espaldas, espaldas sobre las que descansa su particular globo terráqueo como si fuesen el mítico Atlas. Me pone cada vez mas enfermo tener que escuchar interminables listas de problemas, de situaciones “irreversibles”, de lloros, de los increíbles esfuerzos que mas de uno tiene que hacer para llegar a buen fin lo que tienen entre manos, de hipocresías, de “peloteos”, de falta de dignidad, de falta de respecto por el hacer del que esta enfrente,.... De esta gente suelo escapar saliendo del ascensor tan pronto veo que ellos van a entrar, justificándome o apoyándome en mi mala memoria para mentirles, para contarles que me olvide de las llaves del coche, que hoy comienzo a subir por las escaleras, etc. Estos se conocen a simple vista por su “carita” de buena gente (no dudo de que lo sean), por sus maneras de ser maltratado por el destino, por su obsesión de estar diciendo lo mucho que hacen y lo mucho que se esfuerzan y no digo nada si hay alguien mirando y este alguien es del piso de arriba...

El martes, cuando bajaba hacia mi garaje, pues era el día que me tocaba engrasar y limpiar la bicicleta, me tope con mi vecino de enfrente, con el que comparto partidos y cervezas, risas y sal. Un buen tío, pero resulta que debe tener una ulcera que no trata con una oportuna visita al medico y le llevan a sacar conclusiones descabelladas a partir de razonamientos perfumados con el aroma del egoísmo. Durante la bajada me puso de muy mala ostia al principio, después me puse a pensar antes de preguntarle si no podía bajar caminando, que era muy bueno para la salud y para no tocar los cojones a los pobre pasajeros que solo aspiramos como mucho a hablar de la mierda del tiempo en el ascensor. Su reacción, no se si me gusto o no me gusto, fue de cierta candidez, de “buen rollito”, pues se puso , de buenas formas, a explicarme lo que minutos antes había dicho pero con otras palabras y de otras maneras. ¿Tendré cara de gilipollas?, el caso es que acepté sus pobres y poco consistentes palabras esperando llegar cuanto antes a mi bicicleta, a mi latas de aceite de engrasar y a mi trapito.

El miércoles, subí y baje. La verdad es que ese día no había muchos vecinos deambulando por el edificio por lo que me dediqué a preguntarme como es esto de la modernidad, que bonito es esto de estar unas plantas mas arriba o más abajo y lo curioso que resulta llegar a la azotea para ver claramente el horizonte y unos minutos después estar en el puto garaje, sin luz, manchándote las manos mientras levantas una sucia persiana que esconde tu orgulloso utilitario. Este día, de regreso del trabajo y cuando me dirigía a mi casa, se subió conmigo un chico de unos doce o trece años que cargaba unas repletas bolsas del supermercado. Sin duda, cumpliendo un encargo de sus padres. El niño se limito a decirme hola cuando entro en el ascensor para agachar la cabeza, mirando al suelo. Se le notaba una tranquilid timidez. Lo mire y le sonreí cuando salía y me decía un breve “adiós señor” sin levantar apenas la vista. Espero que en las bolsas que portaba no fuese nada que le sintiese mal.

El jueves, estuvo pegado en la puerta del ascensor un cartel que decía “FUERA DE SERVICIO”.. Supongo que se refería al ascensor puesto que también se podía referir a alguno de los inquilinos, incluyéndome por supuesto. Durante todo el día mis paseos por las escalera dio lugar a encuentros con sofocados “atletas” cuyos esfuerzos por avanzar les impedían el comenzar conversaciones vacías, preguntas cotillas o malintencionadas insinuaciones. También puede comprobar como unos vecinos subían y bajaban para hacer recados a otros, todo ello desde una óptica de "buena amistad", o no sería por ganar puntos, por miedo, por falta de carácter, ... bueno me quedaré con la duda de si ese ir y venir no sería una penitencia para purgar las faltas de los malos vecinos o un premio para los menos malos. Cuando vea al presidente se lo tendré que preguntar.

Hoy ya vuelve a funcionar nuestro ascensor igual que hace un par de días. En el seguirán ascendiendo las mentiras, las hipocresías, las tonterías, las falsedades, los miedos y seguirán bajando los valores, la inocencia, la tolerancia, la entereza,... o no?. Bueno creo que pronto llegaran nuevos vecinos, y ya veré



Me gusta las contraprestaciones, me gustan los precios justos, me gusta el “toma y gracias por lo que me das”, me gusta lo favores regalados y no recordados, nunca los contrarecibo, me gusta la amplitud de miras, me gusta la mala ostia solo cuando la presenta un cura sensato o un cura rebelde, me gusta las cosas claras, me gusta muy poco el que se sobreentiendan las cosas, no me gustan las relaciones encorsetadas, me gusta el valor de las cosas y no su precio, no me gusta que me engañen, no me gusta que quieran que cierre mis putos ojos, me gusta jugar partidos de ida y vuelta, las partidas sin cartas marcadas, me gusta el “nosotros”, en todo caso, nunca me gusta el “yo egocéntrico”, me gustan las opiniones, hasta las que no entiendo, no me gusta la instrumentalizacion de la gente, me gusta la amistad, no me gusto a veces y a veces sí, a veces me gustan los otros y a veces no.............y este gustar y no gustar se une con pequeñas y contenidas dosis de una mala ostia guardada para no salpicar.





En sus zapatillas lleva el nombre “Judas Thimshel" y ayer por la mañana, juntos, hicimos un precioso recorrido en bicicleta que nos llevo por caminos defendidos por árboles y que esconden cientos de unos insufribles mosquitos, por preciosos pueblos que se disponían a ir a misa, por minutos de sufrimiento subiendo algunas jodidas cuestas (él, el muy carbón, ni siquiera bajada del plato grande), por descensos con los brazos en cruz y los ojos cerrados para robar el frescor de un aire mientras nos imaginábamos ser los protagonistas de alguna película vista ya hace algunos años atrás. Disfruté junto a él del avance de una mañana de domingo, y después, de unos cafés, de unas conversaciones mas o menos transcendentales, pero siempre reconfortantes, sentí a un amigo y por eso desde aquí, permíteme agracederte que lo sigas siendo, ah! y también quería agradecerte que me dejes poner en este ascensor en el que subimos juntos a veces uno de tus increíbles reflexiones, una que a mi particularmente me revuelve de mi asiento cada vez que la leo por la “orgullosa mala ostia”, por la integridad, por la rebeldía, por lo bien escrita que está, por todo lo que muestra y todo lo que esconde.

¿Que quiere que le cuente señora?
¿De verdad quiere oírlo?
¿Voy a ganar algo por decirlo?
¿Va a solucionar mis problemas?
A usted le pagan por estos temas
y yo odio perder una hora.
¿Que quiere que le cuente señora?
No va arreglar mi vida,
no va a cambiar mi drama.
Ni quiero, ni voy a ser mejor persona....
Está bien, haré lo que me pida.
¿Por dónde quiere que comience la trama?
¿Empiezo por las colillas,
las que apagaba en mi espalda?
¿Los puñetazos en la cara,
las silenciosas palizas
sus pies en mis costillas?
Nunca fuí querido,
ya no digo deseado.
Eso pronto lo entendí
él se encargo desde pequeño
y créame que le puso empeño.
Mi madre callaba
y el golpeaba.
¿Y yo? Pues crecí con el daño.
En el oscuro silencio
de saberme mudo por mucho que gritara
encerrado en el baño.
¿Que quiere que le cuente señora?
Era pequeño para entenderlo
luego fuí grande para aguantarlo
y aquí llega usted
a preguntarme algo.
¿Como aguanté tanto tiempo
sin tener ganas de matarlo?
¿No se supone que ese era mi padre?
No busco respuestas
no quiero culpables.
No oso siquiera llegar a olvidarlo.
Solo deseo seguir adelante
sin guerras, sin trampas,
pasando por alto los gritos,
las luchas, los llantos,
la angustia, las marcas.
Me robaron mi infancia
quienes tenían que dármela.
Déjeme en paz ahora,
que no quiero seguir con esto.
Así que ...¿Que quiere que le cuente, señora?



“Me ofrezco como escuchador”. Creo que este anuncio lo voy a publicar en algún periódico en vista de las posibilidades profesionales que plantea. Me explico, hoy por la tarde me comentaba un compañero de trabajo, un comercial con el que me une una gran amistad, la cantidad de historias, de confesiones, de confidencias, de chismorreos, de “proyectos épico-trágico-alucinógenos” que le plantean “gratuitamente” la gente con la que habitualmente se relaciona, con la que habla durante su horario de trabajo (y también fuera de él). Estas historias, en una altísimo porcentaje, no tienen absolutamente nada que ver ni con lo que mi empresa ofrece ni con lo que su proyecto de negocio le demanda, son cuestiones personales, decepciones, alegrías y sustos que la vida les da y que necesitan digerirlo con alguien que se tome la molestia de escucharlos un par de minutos (es una manera de hablar, puesto que mi amigo me comentaba que ha estado horas atendiendo a sus sufridos “pacientes”). 



Por ello me resulta curioso la facilidad con la que la gente abre la puerta de su “casa” para mostrarnos el salón donde se desarrollan las discusiones de pareja, las que tienen consigo mismo, el dormitorio donde duermen sus sueños y sus pesadillas mas cinematográficas, la cocina en donde se preparan los platos mas descabellados, las mezclas más increíbles, donde la vida real de la sociedad y “su vida real” llegan formar, a veces a partes iguales, una nueva cocina, digna de un Ferrán Adriá con un par de cervezas de mas,.....



Todo esto me hace pensar si es tan acuciante nuestra necesidad de hablar, de que nos escuchen, de contar con alguien junto a nosotros, de sentir y de sentirnos, de vivir otras vidas a parte de la que nos toco en suerte,....aunque esta sea ficticia (o no), una gran otra-vida dotada de los efectos especiales mas increíbles y con unos guiones dignos de Woody Allen, una vida que proyectaremos ante cualquier desconocido que nos echemos a la cara
Bueno, prueba de lo dicho anteriormente y como ejemplo es que yo estoy escribiendo esto a la espera de que alguien (¿) se pare a leerlo. Ja!





“Ergete muller”….con esta escueta frase el señor Luís se dirigía a su mujer como desde hace años siempre lo hizo. Estas palabras eran el inicio de otro día dedicado a los animales y a las fincas. Hoy tendrían, ambos, que cortar algo de hierba en una pequeña finca que esta a punto de ser devorada por el avance del pueblo de Riveira. Irían hasta allí, recorriendo unos tres kilómetros, en su carro, un carro de vacas. Antes tenían ocho o nueve vacas rubias con las que lograban obtener un cierto capital, ya fuese vendiendo su leche o vendiendo los terneros. El carro era el orgullo del señor Luís y de su señora esposa. Era un precioso carro de madera con un curioso trenzado de mimbre en vez de los habituales tablones que impiden que la carga acabe en el suelo. La esposa del señor Luís, es una gruesa y dura anciana de grandes gafas, una mujer siempre dispuesta a seguir las pautas marcadas por su marido refunfuñando y sonriendo, pues en el fondo de su corazón, o de su estomago, sabe, como todas las mujeres gallegas, que sin ella ni la casa ni la familia ni, por supuesto su marido, sirven para nada. El mayor de sus hijos, aunque había heredado de su padre las habilidades para labrar las fincas, para cuidar los animales, para trenzar el mimbre de manera que lograse llegar a fabricar cestos y otros utensilios había decidido, debido a la omnipresente presencia del mar, dedicarse a navegar por aguas lejanas en busca de otras cosas, de otra vida. Hoy era un orgulloso patrón de un barco pesquero que surcaba las costas de Singapur. La niña, ahora era una mujer de ciudad, casada y con una pareja de crios como Dios manda. Ellos, como siempre, seguían con su vida de siempre, orgullosos de ser como son, de hacer lo que hacen y de tener lo que tienen

Con este orgullo me contaron este fin de semana, en una de mis paseos en bicicleta, esta y otras historias después de haberle pedido permiso para fotografiar su orgulloso carro de vacas olvidándose completamente del paso del tiempo, de las urgencias que otros llevamos siempre en los bolsillo y abriéndome su corazón y las historias que componen su vida.
Como me dijeron antes de irme, antes se seguir mi etapa ciclista, lo principal para dormir y despertarse todas las noches y todas las mañanas con una tranquila sonrisa en los labios, es creer en lo que uno hace, y en hacer lo que a uno le gusta.

Yo sin duda, envidio su magnifico carro y todo lo que este representa.

Gracias desde aquí por esos momentos.

PD: Respecto su deseo de no salir en las fotos, “…quen non lle gusta nada, que saen moi feos,…..”



Como me cuesta madrugar y como me gustan las mañanas de julio. Todos los días, siguiendo una rutina marcada por una vida rutinaria, me levanto a las siete y media de la mañana para ir a trabajar. Por buena o mala suerte, vivo en una ciudad que tiene más de gran pueblo, de aldea crecidita, que de una ciudad con todo lo que a estas las adornan: sus grandes calles y sus grandes atascos, sus multitudes y sus tristes soledades, sus oportunidades y sus asfixias, sus cafés, sus penosas alegrías y sus fiestas con aparatosos palcos de música, sus ruidos y su falta de silencios,… El caso es que a esas horas después de un rápido desayuno puedo disfrutar del frescor, de unos agradables rayos de luz y de un creciente calor que me trae recuerdos de cuando era crío y me levantada los primeros días de unas recién estrenadas vacaciones. Las esperadas vacaciones de verano después de unos meses de clases. La verdad es que hecho en falta aquellas ilusiones, aquellos días llenos de posibilidades, de miles de cosas por hacer, de largísimos días, de siestas obligadas, de carreras en bicicleta, de partidos con cientos de prorrogas. Estas mañanas que recuerdan mi infancia, me recuerdan los días felices de las vacaciones de verano en mi casa.

Lo bueno quizás es que de donde saco estos recuerdos también pueda sacar otras muchas cosas que me sirvan para esas mañanas y esos días puedan todavía aprovecharse aunque solo sea jugando partidos de noventa minutos seguido de una tanda de penaltis, sin prorrogas.



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